Pretender no hablar del fascismo a las puertas de unas elecciones generales en las que un partido fascista puede entrar en las instituciones es, cuanto menos, una ingenuidad. A todos nos encantaría estar hablando de las vacaciones de verano o de si Feijóo sabe hablar más o menos inglés, pero resulta que el presidente de España convocó elecciones generales dos días después de unas autonómicas especialmente malas para la izquierda, que revelaron que al grueso de la derecha de este país (al Partido Popular) le da igual pactar con partidos ideológicamente fuera de nuestra constitución, partidos franquistas, machistas y xenófobos.
Y si hay que hablar de ello, habrá que poner algunos puntos sobre la mesa respecto al fascismo, una doctrina de carácter totalitario y nacionalista que en sus ideas más importantes respecto a igualdad, política de fronteras, libertad lgtbiq+, etc, se encuentra fuera de los límites pactados por los Derechos Humanos. Sus ideas se centran en el -ellos contra nosotros-, España contra lo que no es España… y lo que no sea para ellos España, no tiene cabida.
Ante esto, la mayoría de democracias del mundo, sobre todo las maduras, responden con lo que coloquialmente se conoce como “cordón sanitario” o línea roja. La paradoja de la tolerancia explica de forma muy sencilla algo en mi opinión muy obvio: ¿Debe acaso una sociedad tolerante, tolerar la intolerancia? En otras palabras, cuando toleramos que ejerzan política plena aquellos abiertamente intolerantes, acabarán por expulsarnos a nosotros. Por tanto, estas democracias son conscientes de que se debe dejar fuera de pactos de gobierno a aquellos partidos que vulneren los DDHH y sean abiertamente fascistas. Desgraciadamente España no es una democracia muy plena que digamos, y el Partido Popular no ha dudado este pasado mes en meter a los intolerantes de Vox en gobiernos, allá donde los han necesitado, incluso donde no… sentando un precedente que, de momento y en tan solo un mes, ya ha dejado obras de teatro canceladas, banderas lgtbiq+ fuera de las instituciones y a violadores ostentando cargos públicos.

¿Ante esto, qué hacemos?
En las pasadas elecciones municipales estuve de apoderado en un colegio electoral supervisando el tema. Había otra compañera de mi partido conmigo allí ayudándome, y no pude evitar notar que charlaba mucho con el apoderado de Vox, así que le pregunté. Resulta que es un amigo suyo de la infancia y se llevan como hermanos… Me sorprendió claro, y aunque yo trato de no meterme demasiado en la vida de los demás, le pregunté simplemente que cómo hacían para no querer matarse dadas las diferencias ideológicas que les separan, a lo que me contestó que no hablan de ello y ya está… Resumiendo, el día de las elecciones acabó con más votos de Vox que de Podemos en nuestro colegio electoral, ella se enfadó (no por mal perder, sino porque a quién no le va a asustar que tantos de tus vecinos voten ideas racistas, xenófobas, machistas, homófobas y un largo etcétera) y estos dos, como era esperable, acabaron peleados y sin poder verse.
Lo curioso de la convivencia humana es que depende de cada persona a la que le preguntes. Yo sería incapaz de tener un amigo fascista, ni siquiera de la infancia y tampoco un familiar cercano, aunque claro, nunca me ha pasado por suerte, así que mi posición es relativamente fácil. Pero poco después de aquel día electoral me enteré que ese mismo apoderado de Vox, había sido apoderado y simpatizante de Podemos 4-5 años atrás… y resurgió en mí una reflexión a la que yo ya tenía respuesta, pero que comparto aquí por si a alguien lo encuentra útil.
No todos los votantes de Vox son franquistas, ni xenófobos, ni racistas. Algunos de ellos, aunque pueda sorprendernos (porque no es el primero que me encuentro) son sólo analfabetos políticos como este chico, que rebotan de partido en partido buscando el más “rebelde”, la “novedad”, ser diferente y decir la mayor barbaridad posible, sin pensarla siquiera. Hay hasta votantes de Vox que se creen que el partido no es machista porque no dicen abiertamente que quieran a las mujeres en la cocina (al parecer no conocen el subtexto ni eso de “los actos valen más que las palabras”… Desde luego, no son precisamente personas muy enteras y nada justifica que votes a un partido de estas características, ni siquiera la estupidez. Además y por supuesto, la mayoría de votantes de Vox sí son nazis de primera, gente que necesitaría más un psicólogo que 3 comidas al día y para ellos no hay especial salvación excepto rezar al dios en que no creo, para que les haga llegar alguna revelación divina en forma de seta alucinógena que les reajuste el cerebro.
Sin embargo, los que no necesiten de setas alucinógenas cabe esperar que en algún momento puedan entenderlo. Entender que su voto puede ir a la urna por la razón que a ellos les de la gana, con la intención que quieran, pero al final su único significado es otorgar poder a políticos. Políticos que en el caso de Vox son sin duda racistas, xenófobos, homófobos, tránsfobos… y para los que su voto significa legitimidad para expulsar del país a gente que huye de guerras que están matando a su familia… significa legitimidad para acosar a personas trans por negar su realidad… y significa que es, te guste o no, tu culpa y debes pagar por ello.
Es entonces cuando entramos en uno de los más importantes conceptos de nuestra democracia: El derecho a la redención. Y es que todos aquí, espero, creemos que la pena de muerte es una medida barbara e irreconciliable con la sociedad moderna, en la que antes de un juicio se presume inocencia y después de la condena se espera arrepentimiento. ¿Por qué entonces condenamos al infierno a todo aquel que comulgue con ideas radicales? Qué otra solución hay.
Yo soy sólo un simple votante, así que desde luego no tengo una respuesta preclara, pero tengo la mía: Si conoces a alguien cercano a ti que comulga con partidos fascistas, lo primero es comprobar si sabe dónde está metido, un ejercicio que sorprendería en ocasiones por su eficacia (pregúntenle a aquel apoderado de las municipales) y si en efecto lo sabe, el siguiente paso debe ser bloquearle; no de twitter, sino de tu vida, por mucho que te duela, igual que encarcelamos a los delincuentes cuando cometen un crimen, y el racismo, por ejemplo, lo es… pero no para siempre, nunca darlo por perdido, sino emplazarle a reflexionar, emplazarle a conocer a personas trans, a mujeres maltratadas, a gays agredidos, a inmigrantes de países en guerra, etc etc. Y cuando haya aprendido y se encuentre arrepentido, aceptarle y reinsertarle en la sociedad.
Esa es la conclusión a la que he llegado yo en la no convivencia con el fascismo y, con suerte, mi compañera apoderada podrá tener un amigo un poco menos perdido en la vida. Eso o fichará por el próximo partido político rebelde que surja, quién sabe.
Por Julio de la Torre Lorenzo

Nos falta responsabilidad política para llevar a cabo planteamientos y generar sociedades con visión de futuro y esonsenhace a través de la educación.
No concibo que grupos mayoritarios que se declaran de izquierda y constitucionalistas hagan chanchullos con una educación que debe ser básica y enseñar a lasmoersonitasna analizar si entorno e implicarlas en la política, porque política es todo, el agua que bebemos, lo que comemos o lo que respiramos y hasta como nos curan enfermedades.
Espero que gane el bloque de izquierdas y se pongan a trabajar para parar esos fascismos desde la razón.