La diplomacia del silencio

Tras el inicio de la masacre que se está perpetrando ahora mismo en la Franja de Gaza, todas las cámaras y altavoces del mundo se han girado por primera vez a esta castigada región, pero… ¿Ha sido por el sufrimiento palestino? En realidad no, porque ya les pilló enfocándolo. En realidad, se giraron un poco antes, con lo que se coquetea como el inicio de este conflicto: el famoso atentado a Israel por parte de Hamás.

Nunca sabremos qué habría hoy en los telediarios de todo el país y del mundo si Hamás no hubiera atacado Israel, pero muy probablemente no sería Palestina. Esta es la razón de un atentado que, a ojos de cualquiera, es una matanza imperdonable y que, como se dice, “hay que condenar sin peros”; pues busquemos otra palabra entonces.

El atentado a Israel de Hamás es imperdonable, y, sin embargo, es mentira que sea el inicio de este conflicto. Cabe preguntarse por qué tú no te habías enterado, no solo del origen (que se remonta a un decreto de la ONU hace tantas décadas que yo y probablemente vosotras tampoco habríais ni nacido), incluso antes; sino del transcurso del problema todos estos años entre medias. Con el fin de responderlo, es razonable que hoy no estemos aquí para hablar de la historia de la Franja de Gaza, no soy historiador: traed los deberes hechos de casa, leed un libro de historia que por una vez no os va a hacer daño. Hoy estamos aquí para hablar de la diplomacia del silencio.

Este trato de favor es la base de las relaciones diplomáticas entre países desarrollados, no así con subdesarrollados, que al estar en una posición de desventaja, básicamente rezan.

Siempre se nos ha dicho que las guerras no se solucionan por la violencia sino por la vía diplomática. La primera parte es verdad, la segunda ojalá lo fuera. Y es que el concepto que el ciudadano de a pie tiene por diplomacia es una imagen pulcra de dos (generalmente) hombretones estrechándose la mano y derrochando buenas intenciones, aunque la realidad sea bien distinta.

No descubro nada cuando señalo que en una sociedad capitalista, donde lo más importante es el dinero, los principales acuerdos entre países son acuerdos comerciales y que por tanto, la fraternidad entre un país y otro se basa siguiendo esta idea en qué puedo obtener yo de ti y viceversa: Si tú tienes muchas cosas que me interesen, yo te trataré mejor que a tu vecino, que me interesa menos.

Este trato de favor es la base de las relaciones diplomáticas entre países desarrollados, no así con subdesarrollados, que al estar en una posición de desventaja, básicamente rezan porque no les controlen hasta a su propio gobierno a cambio de dos gotas de petróleo (verídico o, sino que le pregunten a Venezuela).

La desigualdad siempre genera tensión y la tensión entre países que poseen un arsenal armamentístico, genera guerras, fíjate tú qué casualidad. Cuando estas desigualdades suponen que un país genere medio millón más o medio millón menos no pasa nada grave, pero cuando suponen miles de millones se cargan los rifles y llega EEUU a preguntarte amablemente qué demonios estás haciendo, con un bazooka en la mano.

En Oriente Medio existe mucha desigualdad. Desde la creación del ilegítimo estado de Israel en territorio palestino, las capacidades económicas de este pequeño exprotegido de la ONU han ido creciendo; tanto que ya no es económicamente pequeño precisamente y quiere más. Israel lleva muchas décadas tratando de comerse poco a poco el terreno del pueblo de palestina por pura ambición y se ha llevado de por medio gran cantidad de vidas sin siquiera pestañear (lo de leer el libro que hemos hablado), pero ¿qué ha hecho el mundo para evitarlo? Bueno, teniendo en cuenta que la parte lo suficientemente desarrollada del globo como para alzar la voz, vive literalmente de Estados Unidos o de que Estados Unidos no la bombardee… podríamos decir que mirar para otro lado, como mucho. Sus brazos mediáticos, los grandes medios de comunicación, que son quienes podrían activar el botón de la movilización social a gran escala, miran para otro lado también y aquí no ha pasado nada mientras todos sigamos pudiendo mantener nuestros trenes de vida; total, si es que además nos pilla lejos.

Si la política internacional nos ignora, la prensa silencia nuestras pedidas de auxilio y sus habitantes están sordos, habrá que hacerles escuchar.

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.

Es entonces cuando los brazos armados de Palestina, y de Oriente Medio en general, lo entendieron. Si la política internacional nos ignora, la prensa silencia nuestras pedidas de auxilio y sus habitantes están sordos, habrá que hacerles escuchar. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma. -Repetimos- No quiere decir que esté bien emplear la violencia. Es el triste recurso elegido, pero desde luego, si lo eliges, hay que elegir bien dónde emplearlo. No es casualidad que Al Qaeda atentara en el 11-S contra Estados Unidos, ni los atentados en Francia: Un inaceptable método como es la violencia, apuntado hacia el oyente adecuado, es desgraciadamente muy efectivo (depende de qué consideremos efectivo, pero eso es otro tema). Y por tanto, tampoco es casualidad que el objetivo de Hamás haya sido el propio Israel.

La famosa “mediación de Estados Unidos en Oriente Medio” tuvo su preeminencia tras la Segunda Guerra Mundial, en el marco de la Guerra Fría, y desde entonces ha significado la muerte de millones de civiles que se vieron envueltos en batallas geopolíticas entre estos y Rusia que no correspondían en la mayoría de ocasiones ni a los países en los que sucedían, como fue el caso de Irak, donde muchos de sus habitantes fueron asesinados o desplazados por la contienda. El auge de Israel tras los terribles acontecimientos sucedidos en Europa central a causa del nazismo, genera de la nada un punto estratégico para vertebrar esa “mediación” estadounidense por muchos años. Los negocios que surgen entre ambos países (y los billetes que financian las campañas electorales estadounidenses cada 4 años) son por tanto a cambio de algo y ese algo son los territorios colindantes en la región, que para los sionistas (aquellos judíos que creen en la tierra prometida en Palestina), con odio acumulado para dar y tomar, no son más que un obstáculo.

Dios no reparte tierras entre países a día de hoy y el Imperio romano cayó, así que no sé siquiera por qué existen los sionistas.

Si revisáramos en este punto un libro de legislación internacional, cosa que no voy a hacer -hipócrita-, creo que estaríamos todos de acuerdo en que dios no reparte tierras entre países a día de hoy y el Imperio romano cayó, así que no sé siquiera por qué existen los sionistas, pero lo importante aquí es que sí que existen y se hacen notar. Sus aspiraciones geopolíticas son la excusa perfecta para que el odio aflore tras los sucesos de la Segunda Guerra Mundial y salga a flote, y aunque yo no sea nadie para decir esto: el odio es muy mala consejera. Lo que sucede a continuación es un genocidio prolongado durante décadas de Israel a Palestina, como si se hubieran olvidado de lo que un tal Hitler les hizo a ellos, avalados por supuesto por los héroes del cine al lado de tu casa: Los Estados Unidos de América. Y si silenciar los crímenes que les permite hacer negocio es un mal menor, pues es lo que hay, viva el capitalismo. Encima, todos a una claro, y aquellos países que quieran lucrarse de “estrechar lazos con EEUU” deberán pasar por el mismo corte.

Lo que hoy llamamos diplomacia se puede aclarar más fácilmente con el viejo truco de toda la vida, que se aplica a cualquier político en cualquier situación en realidad… ¿Qué evita decir el político? ¿Sobre qué habla y sobre qué no habla el político? Ver a Joe Biden, presidente norteamericano, salir a declarar ante la prensa por este asunto es muy esclarecedor. Evitar hablar de la muerte de población civil, evitar hablar de qué pasaba en Palestina antes del ataque reciente de Hamás a Israel o enfatizar el daño que hizo un día de ataques a inocentes sionistas olvidándose de comparar el daño de semanas ya de bombardeos a inocentes palestinos, etc…

Es tal la impunidad que siente Israel, que están asomando demasiado las orejas de lobo y cada vez más países cómplices de Estados Unidos sienten vergüenza de sus silencios. Es, desgraciadamente, la única fractura real en esta farsa de la diplomacia. Los bombardeos a hospitales enteros llenos de heridos, las muertes de niños, la reciente invasión terrestre que se está preparando con tanques y ametralladoras en entornos civiles. A la ONU ni le dejan entrar en la zona, que es ya de coña, y cuanto más tiempo pase el anciano Biden fingiendo que se ha perdido en rueda de prensa, más ciudadanos alzarán la voz. Y es que el final de la diplomacia del silencio es precisamente eso, la ruptura del silencio; hacer ruido (un término muy mal visto en este país y que me gustaría poner en valor, pese a lo que digan).

Que el ruido no es falta de saber estar, sino la forma de luchar de aquellos que pierden cuando impera el silencio.

Cuando la población civil le grita a sus dirigentes que no son tontos, que saben buscar en un libro de educación obligatoria lo que significa diplomacia, y que el silencio no está entre sus definiciones, es entonces cuando se exponen las vergüenzas de lo que llevan siendo décadas de violación diplomática primermundista. Que el colonialismo que ejerce Europa y EEUU sobre otros pueblos del mundo, no nos da igual, porque ningún pueblo debería ser objeto de transacciones, ni moneda de cambio alguna. Que el ruido no es falta de saber estar, sino la forma de luchar de aquellos que pierden cuando impera el silencio. Que basta ya.

Julio de la Torre
Coordinador de Rebeldía Cádiz

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