Análisis minucioso sobre la guerra en Irán: A Trump se la sudamos todos

Hoy Donald Trump, después de 2 ultimátums en 3 días y de advertir el apocalipsis, ha decidido aceptar un alto el fuego con Irán de dos semanas mientras se cierran flecos para una paz más duradera que implica un par de giros bruscos en la estrategia (mal) definida por EEUU al iniciar este conflicto y que permiten a ambos bandos darse por victoriosos de cara a los medios aunque claramente en la Casa Blanca no estén descorchando champán. Es más, tregua que se prevé se pueda romper en cualquier momento una vez se calme Wall Street. Así que en este artículo vamos a desglosar paso a paso cuáles han sido los procesos que han llevado a este fracaso de Trump, pasando por sus otros muchos devaneos desde que volvió a la presidencia de Estados Unidos, para entender qué dinámicas vivimos ahora mismo en el balance de poderes occidental.

Si queréis un análisis de las gestiones internacionales de Trump, podríamos decir en académico, finamente, versados, en listillo: El marco regulatorio correspondiente a la seguridad internacional, es decir, al Derecho Internacional Humanitario, actualmente en Occidente bajo el mandato autoproclamado de Donald Trump, se resume en una sola cátedra fundamental a ojos del magnate noteramericano: Se la suda todo.

Desde su regreso a la presidencia en 2024, Donald Trump ha transformado de manera radical la posición global de Estados Unidos. Lo que en décadas anteriores se presentaba como diplomacia, negociación o incluso soft power ha sido reemplazado por un esquema de política exterior basado en la imposición, la presión unilateral y la militarización de cualquier desacuerdo internacional. En este contexto, conceptos como “seguridad global” o “defensa colectiva” dejan de ser finalidades compartidas para convertirse en discursos auxiliares destinados a justificar decisiones ya tomadas por intereses políticos y, sobre todo, económicos.

Lo que hoy se vive en Irán —una guerra abierta de mes y medio que ha escalado más allá de cualquier marco legal normativo— es el resultado lógico de este proceso acumulativo. Y para entenderlo, es necesario recorrer los episodios previos que han preparado el terreno para normalizar la intervención unilateral y erosionar el orden internacional basado en normas compartidas.

Uno de los primeros movimientos de este patrón de imposición se dio a principios de su mandato, en el terreno económico. Nuestro supuesto aliado naranja resultó no serlo tanto al proclamar que los intereses estadounidenses se veían comprometidos en acuerdos por todo el mundo debido a que “eran demasiado blandos con el resto de países” en sus acuerdos comerciales. El resultado fue una política arancelaria que no solo afectó a potencias rivales, sino que se volvió una herramienta de confrontación con aliados históricos. En lugar de buscar acuerdos dentro de organizaciones multilaterales como la Organización Mundial del Comercio, Washington optó por imponer tarifas de manera unilateral, minando la idea de reglas económicas compartidas y sustituyéndolas por la lógica del más fuerte.

Este enfoque no solo dañó la confianza entre socios comerciales, sino que envió un mensaje claro: las normas internacionales pueden ser ignoradas cuando contradicen intereses estratégicos estadounidenses. Porque esto dejó de ir sobre el bien común con aliados como Europa, para pasar a ser una demostración de fuerza. Y así, las negociaciones económicas ya no fueron negociaciones entre pares, sino procesos de presión donde quien no acepta las condiciones impuestas se expone a sanciones y tarifas punitivas. Donde ahora digo una cosa y mañana la contraria si me sirve para cerrar un mejor trato, como haría en un acuerdo empresarial, y ya si eso que el Congreso intente reprenderme por saltarme un par de leyes, a ver si lo consiguen… porque la democracia liberal, no solo la americana, es una farsa en cuanto a control del poder ejecutivo del presidente. Y tras esto, la política estadounidense empezaría a aplicar la misma lógica en otros ámbitos, incluyendo la política exterior directa y la intervención militar.

En América Latina, esta lógica de imposición se tradujo en episodios que dañaron directamente la noción de soberanía. La intervención en Venezuela este inicio del 2026, que incluyó acciones militares, captura del mismísimo presidente del país y control de recursos estratégicos, rompió con el principio de no injerencia que había sido un elemento central en las relaciones internacionales desde mediados del siglo XX. Todo porque, pese a las diferencias políticas con el régimen y el supuesto narcotráfico, resulta que es que Donald Trump quería robar petróleo. 

Este proceso sigue hoy, también con el endurecimiento del bloqueo sobre Cuba, cuyo sistema energético y económico ha sido afectado por restricciones externas que han complicado aún más la situación interna de la isla. Los cortes de electricidad recurrentes, por ejemplo, han sido atribuidos a la presión económica externa que limita el acceso a combustibles y recursos energéticos básicos. 

Aquí, la soberanía deja de ser un concepto protegido por el derecho internacional para convertirse en una variable más de negociación económica y política para Trump. Más allá del petróleo, intenta demostrar, sin despeinarse la peluca esa, que ningún gobierno puede actuar fuera de la voluntad geoestratégica de Washington sin enfrentar consecuencias directas (ya veremos cuando lleguemos a Irán que esto no es del todo cierto).

En este conflicto si bien Estados Unidos no inició la guerra en Ucrania, su participación, especialmente desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca, ha sido central para prolongar el conflicto. En lugar de facilitar una salida negociada, Washington ha impulsado la continuidad de la guerra mediante el envío sostenido de armamento, apoyo logístico y asistencia política, todo hasta conseguir rascar el mayor beneficio posible de una masacre.

Este enfoque refuerza una visión de la guerra como instrumento de política internacional que va más allá de fronteras específicas. Al prolongar un conflicto que beneficia a complejos armamentísticos, reafirma alianzas estratégicas y expolia recursos naturales a cambio de tecnología militar. Esta lógica rompe con la idea de resolución pacífica de conflictos y normaliza la mercantilización de la guerra sin tapujos.

La situación en Palestina representa uno de los puntos más graves de esta erosión del derecho internacional. El respaldo incondicional de Estados Unidos a Israel, incluso ante docenas de denuncias por violaciones de derechos humanos y resoluciones internacionales, ha debilitado profundamente la credibilidad de organismos como la Organización de las Naciones Unidas.

Más aún, la administración Trump ha promovido activamente la creación de mecanismos alternativos que sustituyan a la ONU como espacios de negociación, erosionando la idea de un foro internacional imparcial para la resolución de conflictos. Esta propuesta, que se ha planteado en eventos internacionales como el Foro de Davos con la creación de un llamado “Consejo de Paz”, ha sido criticada por excluir a actores clave y alterar las reglas de participación tradicionalmente aceptadas. 

El fondo de esto vuelve a ser nuevamente el retorno económico en la resolución de conflictos bélicos internacionales. Ya sea en Oriente Medio o en Europa, pero siempre lejos de Estados Unidos, todo conflicto iniciado por Trump o meramente continuado, derivará en ganancias para los americanos: El mejor postor será el beneficiario económico y el legitimado para justificar las muertes fruto de los conflictos bélicos. En el caso de Palestina, se le da una patada a la ONU para poder construir un resort, y a por el siguiente genocidio.

Todo ello con el visto bueno de la OTAN, un organismo creado en su momento en esencia con fines bélicos, aunque justificados por falsa “protección y capacidad defensiva” de Occidente, donde EEUU siempre fue el rey y el discreto beneficiario de los vaivenes de la industria bélica mundial, y donde ahora Trump exige inversión a todos, sin respetar la soberanía ni despeinarse lo más mínimo, con Mark Rutte (supuestamente Secretario general de la OTAN) besando el suelo que pisa.

Irán: El conflicto vivo y su significado

Y con todo esto llegamos a Ia guerra entre Estados Unidos e Irán que estalló a finales de febrero de 2026, conocida por Estados Unidos como “Operación Furia Épica” (el nombre parece una parodia barata pero os juro que no lo es) , y que representa un cambio cualitativo drástico en la política exterior estadounidense. La ofensiva comenzó con ataques coordinados junto a Israel contra objetivos en Irán, incluyendo instalaciones nucleares, bases militares y centros de mando estratégico, muchos de ellos a petición expresa de Israel: La ya resonada manipulación de las – armas de destrucción masiva -. 

La narrativa oficial promovida por Washington insistió en la existencia de una amenaza inminente, justificando la intervención como una acción preventiva destinada a proteger no solo los intereses estadounidenses, sino la estabilidad global. Sin embargo, esta narrativa se demostró falsa entre otras cosas porque incluso el Secretario de Estado americano, Marcos Rubio, lo ha reconocido a posteriori tan ricamente.

En contraste con guerras previas, en este caso no existió un ataque directo que legitimara la intervención bajo el principio de autodefensa, lo que sitúa la guerra fuera de los marcos legales internacionales consensuados. Y es que, una de las características más notables de este conflicto es la inconsistencia del discurso estadounidense. Trump ha llegado a afirmar tanto que la guerra estaba “prácticamente ganada” como que los objetivos estratégicos aún no se habían cumplido, evidenciando una narrativa cambiante que parece responder más a intereses políticos internos que a una estrategia geopolítica coherente. 

Y sin responder a coherencia externa, habrá entonces una coherencia interna que, de nuevo, no es otra cosa que el apartado económico. Israel, principal motor económico de campañas políticas a ambos lados del sistema bipartidista americano, y sus intereses de dominio en la región de Oriente Medio, han socavado el “Make America Great Again” por un puñado bien gordo de dólares en la cuenta del Partido Republicano y un “Make Israel Great Again” por encima de sus intereses patrios.

Además, parte de los líderes políticos estadounidenses han incluido continuamente objetivos explícitos de cambio de régimen en las negociaciones, algo que (de nuevo) ha sido criticado por socavar la soberanía de las naciones y violar principios fundamentales del derecho internacional. Y algo que un par de acuerdos en materias primas de la región pueden arreglar en un santiamén.

La estrategia iraní para defenderse de EEUU, el bloqueo del estrecho de Ormuz, una de las rutas petroleras más importantes del mundo, ha generado aumentos en los precios de la energía y ha perturbado los mercados internacionales, afectando los costos del combustible y las cadenas de suministro globales. Aumentando enormemente la presión sobre el presidente republicano y forzándolo a una resolución abrupta que, siguiendo sus psicopáticas líneas de acción habituales, ha derivado en el ultimátum emitido a Irán con fecha de ayer a las 20.00pm horas y que ha resultado en lo que todos hemos visto, un Trump que recula por presiones de todos los componentes económicos que le sostienen tanto en EEUU como fuera, vendiendo como una victoria un acuerdo en términos casi de Irán. Y por supuesto, rehaciéndolo a base de bombas en pocas horas si hace falta, una vez los mercados se estabilicen.

Irán ha usado una Mickey herramienta que podríamos considerar el talón de Aquiles “blando” del nuevo marco internacional impuesto por Trump: El dinero gobierna las decisiones en materia de política internacional. A la mierda la legislación, a la mierda el derecho humanitario y los pactos previos; si te cierro el grifo del petróleo mucho tiempo, te hago más daño que bombardeando 40 bases militares americanas juntas, porque si se hunde Wall Street, se hunde la empresa y se cae el CEO.

Las declaraciones de hace unas semanas de Ursula Von Der Leyen (presidenta actual de la Comisión Europea) no son un hecho aislado, son un síntoma. Que la persona políticamente más poderosa de Europa diga abiertamente en un momento de crisis global que los marcos en seguridad internacional están cambiando, poco más que no hay nada que hacer y que hay que adaptarse… no es un lapsus momentáneo, sino la constatación de que ante el uso de la fuerza por parte de Estados Unidos y quedando solo una salida: Elegir de cabeza de proyecto internacional a China o a EEUU, en Europa preferimos la sumisión completa al naranjito; a la espera, queremos creer, de que tras su mandato volvamos a tener un Estados Unidos más razonable.

El problema de ese pensamiento, y lo que une todos estos episodios —desde los aranceles hasta lo que está ocurriendo ahora mismo en Irán— es lo que demuestra el patrón: La sustitución del derecho internacional por la imposición del poder es rentable para la bolsa de Wall Street. La guerra en Irán no es un hecho aislado, sino la culminación de un proceso que ha debilitado la soberanía, erosionado las instituciones multilaterales y normalizado la intervención bélica como herramienta de negociación en política exterior; y en el proceso, con sus crisis del estrecho de Ormuz por medio, EEUU sale ganando aunque mueran miles de niños, se quemen hospitales o se cierren comercios pequeños y medianos.

Desde una perspectiva crítica y antiimperialista, esto plantea una pregunta fundamental: Si la fuerza puede justificarse sin necesidad de pruebas claras ni mandatos internacionales, ¿qué queda del orden internacional basado en reglas? En este contexto, la guerra deja de ser el último recurso para convertirse en el primero.

Pero hay una dimensión aún más profunda en este fenómeno. La normalización de la guerra como instrumento político implica también una transformación en la propia concepción de la democracia. Cuando las decisiones que afectan a millones de personas se toman en función de intereses estratégicos, económicos o incluso personales, al margen de cualquier estructura de control internacional, la democracia deja de operar como un sistema de representación para convertirse en una herramienta al servicio del poder.

Donald Trump, como ya sabemos, es un empresario, no un político. Y detrás de todo su discurso y lógica, solo se respiran las gestiones de un magnate acomplejado que sabe que disfruta de la mejor posición y la usa para estafar a la competencia. Hoy se ha ido estafado él. Por supuesto, eso significa que en su cabeza no están presentes ninguno de los mínimos resquicios morales que hayan podido tener aunque sea mínimamente otros antes que él, que respetaban en mayor medida que hay líneas que no se pueden cruzar por el bien de su país, el nuestro y el de cualquiera en su sano juicio. Cosas como quizás el botoncito nuclear, los principios de no agresión injustificada, (el del respeto a la soberanía no, ese llevan saltándoselo décadas) o, yo que sé, el trato humanitario a los civiles en zonas de conflicto bélico. Y por tanto, lo único que importa es hacer que entren más dólares de los que salgan, siempre, cuanta mayor sea la diferencia, mejor y sin importar lo que se lleve por medio. Y claro, cuando una democracia es gestionada como una máquina de hacer billetes, los ciudadanos pasan a ser gasolina para seguir produciendo y sus derechos no son nada más que una molestia en el camino.

Y podríamos pensar, si nosotros estuviéramos escribiendo un libro y ustedes leyéndolo, que esta excusa es un recurso de manual: Un Deux Ex Machina de toda la vida. O sea, sacarte un recurso de la manga que resuelve la trama de forma inverosímil y sin venir a cuento. No saber cerrar la historia, después de 20 ultimátums y 12 amenazas “definitivas”, de toda la vida, es como cuando nos comemos un mal cierre en películas y series casi cada vez que nos sentamos delante del televisor. Y sino que le pregunten a los fans de Stranger Things o las últimas de Star Wars. Pero es que Trump es una versión mejorada de la vida real, o ¿no era verdad que la realidad supera a la ficción?… Y es capaz de amenazar sin ton ni son a cambio de la caída de un régimen o, si me joden con el petróleo, entonces es a cambio de asesinarte a 3 dirigentes y que me abras de nuevo el grifo de la gasofa.

Donald Trump es un empresario, no un presidente y nunca lo será. Se la sudamos porque entiende una naturaleza de la economía capitalista que nos afecta a todos en todos los ámbitos, incluida por supuesto la política: el pez grande se come al chico. Y por más leyes que pongas en su camino, supuestas regulaciones, control de poderes del presidente, leyes internacionales, organizaciones no gubernamentales… perder o ganar no lo determinará el análisis de las negociaciones que haga El País, sino la bolsa de Wall Street o el mayor arsenal militar. Y si seguimos siendo cómplices de sus guerras a cambio de dinero, el pez grande al final del día se seguirá comiendo al chico.

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